jueves, 10 de diciembre de 2009

ROYAL PALACE CLUB


El guardia registró a cada uno como siempre lo hacía. Llevaba al hombro un pesado fusil que sujetaba con incomodidad cuando revisaba.
- ¿Su cédula?- me ordenó con desconfianza.
La vio rápidamente viéndome a los ojos. Luego vio por la ventanilla de la puerta, hizo una señal y abrió la puerta. Alguien más corrió una cortina roja y vi adentro el grupo de siluetas ahogadas en el humo denso de tabaco y misterio. Caminamos siguiendo a Santiago, entre las mesas dispuestas para la presentación, buscando un lugar al lado de la tarima. Los espejos multiplicaban los cuerpos y las luces de colores volvían los espacios intermitentes; al fondo estaba el bar donde atendía un señor haciendo ademanes y dando órdenes a los meseros, los cuales sólo ayudaban a limpiar las mesas, según nos decía Santiago. Una de ellas se acercó hasta nosotros, nos señaló una mesa y luego nos preguntó.
– ¿Qué van a tomar?
Estaba vestida con encajes infimos mostrando todas las líneas de su cuerpo juvenil; llevaba una libreta en la mano y parecía sentirse dueña de sí misma, como cuando una leona a sometido a su presa. Ernesto le preguntó su nombre, mientras Santiago le tocaba las piernas, riendo triunfante, mirándonos a todos como si tuviera un trofeo en las manos.
– Me llamo Lucero- respondió con una sonrisa cómplice.
– No, Lucero, muñeca, di tu nombre verdadero –replicó Santiago, aún acariciándola con la mano.
– ¿Y cómo se llama tu amigo?- preguntó.
Me vio tan aislado de todo, mirando a la bailarina desnudándose con una canción romántica, abstraído, como en un sortilegio.
– No ha estado con ninguna –le dijo Ernesto, riéndose de mí.
Ella me vio y me sentí como si me comenzara a desnudar con la mirada.
– Tráigame tres cervezas –dije sin bajarle la mirada.
La vi venir a lo lejos. Puso las cervezas en la mesa y caminó como una loba hasta donde yo estaba, vio que no le ponía atención, afectado, viendo hacia la tarima. Con tu permiso, dijo y me abrazo, hasta sentarse en mis piernas, mientras me cantaba la canción en el oído. Una mano se agitó en la barra y se levantó. Ya las había visto a todas cuando Ernesto me preguntó que si me gustaba alguna. Había visto a las mesas y mirado como sus amantes las abrazaban de la cintura, hablándoles al oído por el ruido de la música; las había visto hasta entonces ebrias, bailando solas, extáticas, sumidas en una fiesta pagana como la de las sorguiñas en su aquelarre, con sus peinados de brujas y sus miradas iluminadas, lanzando gritos de felicidad o de odio, viendo sin ver, besando sin besar, levitando en su carnaval nocturno donde su ser se disolvía como el mismo humo del cigarro, o caminando de la mano hasta la alcoba más cercana por el deseo más siniestro. Ellas vivían sin inocencia, conociendo tanto a sus hombres que podían ver al pobre niño que llevaban en sus fornidos cuerpos; eran tan maternales porque al fin de cuentas eran mujeres. Aquel lugar era un altar donde se sacrificaba la moral y sangraban todos los misterios de la muerte por placer.
Santiago tenía una familia, pero era alegre y le gustaba de vez en cuando asomarse a ese mundo donde parecía otro, tal vez aquel joven soltero que no disfrutó enteramente de su vida. Ernesto era soltero y trabajador, fumaba y bebía hasta que se le acababa el dinero y tenía una novia en cada burdel, y a veces ni le cobraban, era gordo y se vestía como ranchero desde que le habían dicho que parecía ganadero. Santiago era delgado, prudente, pero al beberse la primera copa se volvía despilfarrador, cantante, romántico y soñador, y siempre encontraba con quien romperse la cara.
Una voz presentó a la próxima bailarina. Santiago había pedido más cervezas. Ernesto abrazaba a una joven morena de cabello castaño.
– Y esa David... –me dijo Santiago, señalándome a una.
Ella parecía un águila con las alas extendidas, como si estuviera dispuesta a remontar el vuelo. Se sentó en una mesa y me miró por un instante. Tenía algo que no lograba descifrar, pero parecía una reina cautiva entre los grises reflejos de los cristales. Pensaba en eso, cuando se levanto violentamente y desapareció tras una fila de seis mujeres sentadas, y todas parecían esperar a alguien y me dio la impresión momentánea que tal vez esperaban al mismo hombre; las seis vestidas igual, con los labios y el rostro maquillados sin mesura, como aquellas niñas que se pintan a escondidas de su madre para parecerse a ella. Se miraban tan quietas, preparadas para la juerga, seguras de que entraría el hombre cuando ellas voltearan el rostro.
– Ahora regreso –dijo Ernesto, y se sonrió.
– Y la suya hermanito –pregunté a Santiago.
– Allá viene –me respondió con una seguridad profética.
La saludó con un beso en la boca, y abrazo su cintura hasta que ella se sentó a su lado, y comenzaron a platicar como si la conociera. Mi cerveza helada hacia flotar del fondo burbujas infinitas que me bebí de un sorbo.
– ¿Tiene fuego? –me preguntó una voz.
– Si, pero si me acompaña –le respondí.
Ahí estaba el águila con sus alas extendidas, pluma por pluma, con sus garras afiladas y sus ojos rapaces.
– Ya te conocía antes de que vinieras –me dijo.
Yo pensé que era otra más de sus estrategias para desmantelarme sin tocarme un pelo.
– ¿Cómo? ¿Ya me conocías?
– Hoy me salió en las cartas..., es la primera vez en este mes que me sale algo bueno –dijo.
Tomó mi vaso y lo llenó hasta el borde, luego bebió sin dejar de verme con sus ojos carroñeros. Entonces para mi sorpresa una sombra se le cruzó por el rostro, pero no era una sombra exterior sino interna y me sorprendí de poder notar una sombra diferente en un lugar hecho de sombras. Era vibrante, oscura, innombrable, y se escondía tras ella agotándola, consumiendo todo su ser. Miré el fondo amarillo y espumeante de mi vaso y le eche la culpa al alcohol.
– ¿De dónde es? –pregunté acariciándole el rostro.
– De lejos –me respondió.
– Y, porqué tan solita.
– Eres el primero que lo nota… No hablo con nadie, acá todas se pelean por los clientes, y yo no quiero matar una puta –me dijo riendo.
Santiago se levanto también y caminó a los privados. Llevaba a la mujer de la mano como si fueran novios.
– ¿Te parezco vieja? –preguntó al encender un cigarrillo y, mientras me hacía la pregunta y encendía el cigarro, miraba para la cortina roja.
Entonces vi entrar a los seis hombres que esperaban las mujeres y parecían ansiosos de sentarse, pedir una botella de ron y emborracharse hasta que las seis mujeres los llevaran en hombros, uno por uno, hasta el cuarto donde les quitarían el deseo, la billetera, la mujer y sus hijos, y seguirían quitándoles más de lo que ellos quisieran dejar. Ya los esperaban en una mesa, de pie, inquietas por volverlos suyos.
– ¿Cómo... no te parece que yo soy el único inexperto acá? –le pregunté de la mejor manera, recobrando el sentido.
– No me hagas reír.
Sonrió. Parecía complacida y me gustaba lo que el vino lograba en ella. Hasta parecía feliz, como si de pronto no estuviera allí viviendo aquello, sino en algún lugar más intimo de su memoria.
– ¿Cuánto has bebido?
– Un poco más que tú –respondió.
La sombra se asomó como el temor, macilenta, densa como la oscuridad. La disimulaba con su forma de caminar, con su gallardía de mujer. No se notaba cuando sonreía, cuando mostraba su cuerpo, su espalda fina, su cintura bien hecha donde estaba escrita la lujuria. Su mirada me descubría viéndola y me envolvía con sus maneras de verme y seguir viéndome, de hacer que yo la viera, de vernos y desconocernos, de volver a sentir que nos conocíamos de antes. Su sombra no importaba entonces, yo la ayudaría a cargar con ella, aunque fuera absurdo que pesara tanto la oscuridad. Sus piernas eran blancas y firmes, y pronto las tenía rodeadas con mis manos, hasta que llegué al final de su espalda. Cerré los ojos involuntariamente llevado por su olor a hembra. La abrace, la atraje hasta mi pecho y la besé como si hubiera estado herida. Le di calor a sus manos y como si fuera tan sencillo actué una escena romántica, sólo para ella y para mí; para que ella no llorara sintiéndose tan lejos y, para que yo no hiciera lo mismo al estar con una extraña. Me vio con sus ojos de gavilana preparada para el vuelo.
– ¿Vamos ya...? –me dijo finalmente, como si fuera urgente para los dos.
Tomó mis manos y me desafió tiernamente con el filo de sus ojos. Pasamos por entre las mesas y llegamos a la puerta de su cuarto. Entramos y nos empezamos a desvestir con la vela encendida; ella me iba contando con voz acallada: sus agonías nocturnas, diciéndome lo lejos que estaba su hermana mayor, diciéndome el nombre de sus tres hermanitos y, el enfado de su padre y las bendiciones de su madre cuando la vio subierse al bus con destino al norte. Me contó de las tardes sin hacer nada, de las flores que compraba los domingos, y entonces terminó de desvestirse.
Afuera seguía la música, que se colaba sin razón entre las tablas de la puerta. Cuando se recostó a mi lado y sopló sobre la vela, la oscuridad del cuarto ahogó nuestras sombras.


((2006))

2 comentarios:

MarianoCantoral dijo...

Je Je. :)

Dorian Lima dijo...

Que buen relato maestro.

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